lunes, 24 de agosto de 2009

Mi Paz os dejo, Mi Paz os doy.



(A Isabel Oliveira Laso, eterna amiga)


Reconozco mi pecado: No fui a verte la última madrugada pues, para qué negarlo, no me hallaba con el atrevimiento irresistible para aguantar el tiroteo de tus ya agonizantes ojos, con la invencible mirada de tu violento martirio. Ojos embriagados de sufrimiento y pulcramente llenos de ternura y hasta compresión con los que, con nuestro proceder cotidiano, te seguimos negando aún sabiendo que cada imperfección, es un nuevo y tosco clavo que va directo, no solo a tus benditas manos, si no a lo más profundo de tu ternura. No tuve la valentía y el coraje de verte ya mortificado junto a la sombra de la muerte.

Además, sentía cierto temor de no contemplar los rasgos que te imprimió tu padre, Santiago Arolo, cuando tan solo eras materia inerte, sin la savia de tu divina madera. Sí, miedo y escalofríos de volverme a encontrar de frente con tu nueva faz tras pasar por el quirófano del imaginero que te robó tus esculturales y varoniles facciones. Las que siempre hemos contemplado rogándote que nos ayudaras a soportar la cruz que, al igual que Tú, nos ha tocado sobrellevar.

Y ahora, rejuvenecido pero con la misma PAZ de siempre, con qué mansedumbre nos sigues diciendo: “Coge tu cruz y sígueme. Más pesa la mía y la soporto”.

Cuantas veces, Cristo mío, en esas madrugadas eternas, he ido a tu lado observando el estremecedor silencio de los muchos pacenses que te han contemplado en tu austera parihuela. Cuantas plegarias al viento, cuantas lágrimas a flor de piel rogándote PAZ para nuestros afligidos pesares. Porque, tú, Cristo de la Paz, eres la balsa donde apoyar nuestra quebradiza fe en este mar de bravías olas de la incomprensión, de la injusticia, del odio, del desamor, de la envidia, de los inocentes a los que no les da tiempo ver la luz de la vida…

Ya se lo anunciaste a los doce elegidos: “Mi paz os dejo, mi paz os doy”. Sin embargo, Señor de la Madrugada, Señor de San Roque, no se porqué hacemos oídos sordos a tus santas palabras que, hoy más que nunca, nos son indispensables para resistir los azotes de una sociedad harapienta y cruel que tan solo aspira a vivir sin ti, Tú, que eres indispensable en la vida y en la muerte.

Acude a nuestra llamada
y enséñanos de nuevo a amar.
Danos tu credo cada día,
Santo Cristo de la Paz.

Gabriel Enrique Sardina Sánchez.

5 comentarios:

Isabel dijo...

Otra vez me la has liado amigo, precioso artículo y preciso al mismo tiempo asi como emotivo para todos los que lo sentimos y lo queremos . Quiero, si me lo permites, dedicárselo a todos aquellos que han manifestado y manifiestas su devoción y fé por mi Stmo. Cristo de la Paz. Que esa Paz esté con todos ellos.

Luis Manuel Leal Villares dijo...

Precioso articulo,amigo Gabriel.Isabel gracias por la dedicatoria a todos los devotos de nuestro Cristo.Que El os acompañe y os guie en vuestras vidas.

Gabriel Enrique Sardina Sánchez. dijo...

Gracias Isabel. Este, el de la foto, es nuestro verdadaero Cristo de la Paz. Que El nos de la paz que tanto necesitamos.

de San Roque dijo...

ese olor a romero, esa mirada dulce, esos ojos ... me estoy imaginando cada madrugada de viernes santo acompañandolo. El Cristo de la Paz, el cristo de mi barrio y de sus gentes.

Anónimo dijo...

Precioso articulo al Señor de la madrugada pacense.Isa me imagino lo que as sentido al leer esto, creo que las palabras sobran.
Me quedo con una frase:
“Coge tu cruz y sígueme. Más pesa la mía y la soporto”.


Estefania.

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