lunes, 31 de agosto de 2009

Aquellos Viejos Costaleros.

Usaban zapatillas blancas, no por comodidad, si no por penuria. Posiblemente no eran hombres de fe, sin embargo sus cervices soportaban con crudeza todo el peso del cielo en la tierra. Y todo ello por una escasa soldada que buena falta hacía en casa. Algunos, tras el sacrificio y con el cuerpo doliente, se conformaban con poder llenar un minúsculo vaso de tinto. Bien merecido lo tenían.

Si para ellos la vida les había pillado sin esperanza, la Semana Santa suponía un pequeño aliciente económico con el que llevar un poco de alegría al hogar. Del tajo diario a la Iglesia de turno, sin tiempo para el descanso a lo largo de siete días. Como si hubieran sido setenta veces siete. Daba lo mismo. Y cada atardecer, con las manos aún resecas de cemento y escombros, se alineaban en las trabajaderas para que el maestro Caldito se convirtiera en sus ojos.

Desconocían lo que es una chicotá, los cuatro zancos por igual, el paso racheao. Con llevar el ritmo de los monótonos tambores era más que suficiente para que el paso avanzara pausadamente en su extenso recorrido. No se aplaudían las levantás ni se estilaban los aguadores. Sudor y quemazón, aliento reseco, zapatillas desgarradas y un deseo irreprimible de llegar a la codiciada meta. Tan solo la voz del capataz y el sonido del martillo y el pensamiento puesto en la justa recompensa que llegaría cuando el paso de la Virgen cruzara el dintel, siempre complicado, de su bendita casa.

Ya de madrugada y con las cien pesetillas en el bolsillo, buscaban con afán alguna taberna en la que regalarse el preciado líquido con el que olvidar la poca fortuna de su existencia.

Y así un día y otro, un año y otro, con las lógicas y justas reivindicaciones salariales en un convenio colectivo nunca escrito y que las Hermandades y Cofradías no podían asumir pues la olla daba para caldo y con poca sustancia por cierto.

Después pasó lo que pasó y la mecanización rompió el encanto de una Semana Santa ya en un terrible deterioro hasta que el ímpetu de la juventud volvió a poner las cosas en su sitio.

Nadie, absolutamente nadie, puede negar que aquellos, los de entonces, también eran costaleros. Asalariados, como se dice ahora, pero costaleros al fin y a la postre. Simplemente que la necesidad era mucha y el hambre les acechaba en una sociedad donde el futuro era una utopía.


Gabriel Enrique Sardina Sánchez.

2 comentarios:

Isabel dijo...

Mi abuelo fue uno de estos costaleros, que con 7 hijos no tenía más remedio que hacer de todo para saciar su apetito. Recuerdo una almohadilla pequeña que le hizo mi abuela para soportar mejor el peso de la trabajadera. Hoy en día y sobre todo, con el Descendimiento, sigo diciendo con mucho orgullo, ahí debajo fue mi abuelo Juan. Un beso abuelo.

Anónimo dijo...

Pues cierto, hartos de trabajar , con las manos llenas de cemento...vayan pues mis aplausos, y mis laudes a esas personas que hicieron posible que cada paso de esta ciudad saliera cada día...y yo soy de las que no aplaude nunca, a pesar de tener un hermano costalero...

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